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Por Ing. Agr. José Manuel Mesa Cacheiro

Uruguay podría superar los US$ 3.000 millones en exportaciones de carne. Pero la clave no está solo en los mercados: está en la eficiencia reproductiva, en la base forrajera y en las decisiones que se toman todos los días en el campo.

En Uruguay solemos discutir mucho sobre mercados, precios internacionales, acceso y cuotas. Y está bien: son parte del negocio. Pero hay una verdad más profunda, más estructural, que muchas veces pasa desapercibida.

El resultado económico del país ganadero no se define solamente en el puerto; se define también cuando la vaca pare… o no pare.

Si tomamos un rodeo de 5 millones de vacas de cría y logramos un nivel de eficiencia que nos lleve a 3,7 millones de terneros, estamos hablando de un 74% de destete. No es un número utópico: es perfectamente alcanzable en nuestros sistemas si se ordenan bien los procesos.

Y, además, todo indica que ese escenario no es teórico.

Uruguay va camino a los 5 millones de vacas de cría más temprano que tarde.

¿Por qué?

Porque el sistema productivo está ajustando su lógica: los novillos grandes tienden a perder espacio frente a sistemas más eficientes, más dinámicos y con mayor rotación de capital. En ese proceso, parte de esas categorías será sustituida por vientres, consolidando una base de cría más amplia.

Ahora bien, ¿qué significa eso en términos de país?

De esos 3,7 millones de terneros, el sistema se transforma en carne a través de recría y terminación. En un escenario con estos niveles de destete y estructura del rodeo, Uruguay estaría faenando del orden de 3 millones de cabezas por año.

Traducido a volumen, eso representa unas 850 mil toneladas de carne producida, de las cuales aproximadamente 595 mil toneladas se exportan, considerando el consumo interno.

Con un valor promedio de US$ 5.000 por tonelada, estamos hablando de cerca de US$ 3.000 millones en carne.

Uruguay puede posicionarse por encima de los US$ 3.000 millones anuales en exportaciones ganaderas con un nivel de eficiencia reproductiva sólido.

Pero hay un dato aún más potente.

En un rodeo de 5 millones de vacas, un punto de destete son 50.000 terneros más. Eso representa entre US$ 40 y 45 millones por año cuando se transforman en carne exportada.

Esto no es una hipótesis. Ya está pasando.

Un productor de Lavalleja, que hace diez años trabajaba en ciclo completo, decidió reordenar su sistema: aumentó la proporción de vacas de cría, mejoró su base forrajera y puso el foco en la eficiencia reproductiva.

Hoy produce más del doble de terneros que una década atrás.

Cambió la forma de producir.

El límite de Uruguay no es el mercado.

Es la capacidad de producir pasto y transformar terneros en carne.

Porque hay una condición que no se puede eludir:

No hay más vacas, ni más terneros, ni más carne… sin más pasto.

Hoy el país cuenta con 1 millón de hectáreas de praderas, 800 mil hectáreas de verdeos y un crecimiento muy fuerte del maíz en sistemas más intensivos.

El rumbo está marcado. Pero si queremos sostener más vientres, más producción y más exportaciones, la base forrajera pasa a ser un tema central.

Además, hay otro desafío igual de importante.

El desafío no es solo producir más, es coordinar mejor.

Más terneros implica más recría, más terminación y más industria. Si uno de esos eslabones se tranca, se pierde valor. La ganadería que viene exige más articulación que nunca.

Y, en definitiva, todo esto no es un planteo teórico.

No es teoría. Es lo que vemos todos los días en las decisiones.

Cuando la vaca llega bien al entore, el sistema responde.

Cuando no, el país pierde.

Por eso, al final, todo vuelve al mismo lugar:

El mundo puede demandar más carne.

Uruguay puede producirla.

Pero todo empieza y todo se juega en el campo, cuando la vaca pare… o no pare.

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