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Por Justino Zavala 

Hace 90 años, en nuestro país, el sector lechero era un caos: empresas procesadoras fundidas, calidad de la leche al consumidor de regular para abajo (no había obligatoriedad de pasteurización para el consumo), productores que enviaban la leche sin saber si la iban a cobrar o a qué precio.

En ese punto, el gobierno de la época —la dictadura del Dr. Gabriel Terra—, presionado por los productores y por toda la sociedad, dispuso la creación de la Cooperativa Nacional de Productores de Leche. Se resolvió la expropiación de cinco empresas industrializadoras de leche (Cooperativa de Lecherías S.A., Lechería Central Uruguaya Kasdorf S.A., Mercado Cooperativo S.A., La Palma S.A. y Alianza de Tamberos y Lecheros de la Unión), mediante la Ley Nº 9.526 del 14 de diciembre de 1935.

La cooperativa creada tenía características particulares: en su directorio habría representantes del gobierno nacional y departamental, y un síndico del BROU, que garantizaba el pago de los “debentures” emitidos para pagar las expropiaciones.

El precio de la leche pasteurizada al público (como todavía se hace hoy) se fijaba por decreto, pero también el precio al productor, con lo que en buena medida se fijaban los márgenes industriales, mediante mecanismos que fueron cada vez más complejos a lo largo del tiempo. 

Para cerrar el círculo, se otorgó a la cooperativa el monopolio por 50 años de la venta de leche pasteurizada en Montevideo. Por primera vez se adoptaba una política de Estado con visión de largo plazo para el sector lechero. Si tuviéramos que definir qué sector traccionó para que se dieran los pasos descriptos, más allá de los productores y los industriales, el consumo fue el protagonista de esta primera etapa “formal” de nuestra lechería.

El modelo funcionó bien (con idas y venidas), generando un crecimiento del sector empujado por un aumento del consumo. La producción de leche creció desde 36 millones de litros en 1936 hasta 194 millones en 1952 y 230 millones en 1961.

Los remitentes evolucionaron de 696 a 2.011 en el mismo período. La producción por vaca (1.600 litros/año) y por hectárea (760 litros/año), sin embargo, no evolucionó. El sector entró en un prolongado estancamiento, con sobrantes en primavera y debiendo importar en invierno para abastecer el consumo interno.

Así llegamos a la década de los 70 (40 años después), cuando se producen en nuestro país cambios muy importantes en la política económica: liberalización del tipo de cambio, apertura de la economía, promoción intensa de las exportaciones denominadas “no tradicionales”, cambios —justo es decirlo— generados en un marco de quiebre institucional.

La lechería acepta el reto y, mediante una muy fuerte adopción de tecnología en el sector primario, inicia una etapa de crecimiento que, con un mercado interno suficientemente abastecido, necesita colocar sus productos en el exterior.

El Estado genera entonces acuerdos comerciales con Brasil (Protocolo de Expansión Comercial – PEC –) y con Argentina (Convenio Argentino-Uruguayo de Complementación Económica – CAUCE –), a la vez que se disponen incentivos (reintegros) para promover las exportaciones. Por segunda vez se adoptaba una política de Estado con visión de largo plazo para el sector lechero.

En la base de este crecimiento, traccionando el sector, estaban los productores, con un importante cambio tecnológico, sobre todo en la alimentación de las vacas, que “abarató” el costo de producción y “obligó” al desarrollo industrial. Posteriormente vinieron los acuerdos con México, Estados Unidos y el propio Mercosur. La leche uruguaya ya estaba en el mundo en porcentajes crecientes.

Hoy, a unos 40 años del inicio de esta segunda etapa, nos encontramos frente a una realidad que nos obliga a plantearnos si no tenemos que pensar en una tercera etapa, en la que ya no serán el consumo interno ni la producción primaria los tractores del crecimiento.

Sin dudas, hoy el crecimiento va a ir al mundo y ahí se precisan políticas de Estado que abran los mercados más importantes. Pero el responsable, el protagonista de esta nueva etapa, va a ser el sector industrial, porque es ahí donde se abren posibilidades de crear riqueza y mejorar la ecuación —siempre compleja— de los productores.

No basta hoy con tener una industria que reciba, industrialice, comercialice y pague la leche; hoy necesitamos más que eso, y sobran ejemplos en el mundo de empresas que lo están haciendo. Si miramos hacia los 70/80, hubo un claro liderazgo que impulsó el cambio con el paradigma exportador, consolidado después con grandes administradores.

Hoy tenemos los administradores (de los mejores); nos falta el liderazgo.

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